Carlos Duguech
Analista internacional
Hay una expresión, de perversa estructura: “Diploengaño”, que proviene de una configuración que se logra con dos ingredientes maliciosamente elaborados: atributos domésticos de la diplomacia de manual elaborados con componentes obtenidos de los intersticios de las películas de espionajes de toda la cinematografía. Y con algunos atributos clásicos, aquellos de los que se ufanaban, a su tiempo, Dick Tracy y James Bond.
El 26 de febrero último en Ginebra, la capital suiza, en uno de cuyos cementerios (Cimititiere des Rois) se inhumaron los restos de Borges hace cuarenta años (se cumplieron ayer), se desarrollaron las conferencias diplomáticas por el programa nuclear y la paz con Irán. Omán, país mediador. Y en un complejo programa se concretó una serie diálogos con representantes del Reino Unido, Alemania y Francia y de altos diplomáticos de la Unión Europea. La representación de Irán a la cabeza con su ministro de Relaciones Exteriores Abbas Araghchi conduciendo su equipo diplomático. Los EE.UU. fue con una delegación de enviados especiales: el empresario Steve Witkoff y Jared Kushner (yerno de Trump). Se discutía sobre un memorando con mediación (Pakistán y Omán). Muy entrelazadas las participaciones de tantos operadores en el sistema de acuerdos que se pretendían concretar en Ginebra que las autoridades de Pakistán que se animaron asegurando que el acero de paz entre EE.UU. e Irán se firmaría en “las próximas 24 horas”. El mundo y sus ojos en Ginebra.
Un tal Damocles
En la antigua Siracusa transcurría el Siglo IV a. C. El cortesano adulador Damocles operaba en la corte del rey Dionisio. Lo envidiaba por su poder y por tanto que gozaba de su riqueza en todo sentido. Hay dos versiones: una, que el rey le propone ser reemplazado por un tiempo en el trono y la otra que es esa misma una propuesta, pero del propio Damocles.
Instalado, a la postre, en el sitial de los lujos y del poder, Damocles advirtió que, sujeta sólo por una crin de la cola de caballo, pendía sobre su cabeza una afilada espada. El poder -esa es la sugerencia- siempre está sujeto a ser víctima de una espada que día y noche cuelga sobre la cabeza del poderoso. Los riesgos del poder a la par que sus ventajas, tal el significado, hasta nuestros días. Viene a cuento para mejor plasmar la situación (para Irán) frente a las advertencias, amenazas y casi sentencias desde EE.UU. y su aliado Israel. Trump, sin dejar de ejercer con esa torpe naturalidad de estilo amenazó: si no se llega a un acuerdo sufriría Irán las consecuencias bélicas. Así de cruda y ostentosa la amenaza trumpeana. La espada y Damocles.
El plazo vencía el día 1° de abril (los proclamados y amenazantes diez días). Hasta el 27 de febrero, mientras en Ginebra bullían las propuestas, críticas, modificaciones, ideas, entre los negociadores de tan distintos orígenes y representando a varios países y entidades colectivas internacionales. Un día después, último del plazo no vencido de Trump, bombardearon Irán, horadando con trépanos de muerte y demolición su soberanía, vida y bienes. Y nada menos que sobre una escuela primaria llamada Shajare Tayebé en la localidad sureña iraní de Minab. Escuela femenina (en negrita, a propósito de lo que en Occidente se cuestiona -y profusamente- sobre el trato a las mujeres).
Trump cuestionó un ataque israelí en Beirut y pidió no poner en riesgo el acuerdo de paz con IránDesde esta columna podemos colegir que todo el hervidero de discusiones e ideas para un acuerdo EE.UU.-Irán para evitar la guerra era un “armado trampa”. Mientras, en Ginebra se suponía un honesto análisis de propuestas de acuerdos con tantos y tan importantes interlocutores. Entre ellos, el argentino Rafael Mariano Grossi, candidato a secretario general de la ONU –actualmente director general de la OIEA (Organización Internacional de Energía Atómica) en densas entrevistas con el canciller iraní. Ninguno de los intervinientes en los dinámicos y difíciles tratamientos del tema central, esto es, evitar la agresión guerrera estadounidense e israelí, podía sospechar sobre la trampa diseñada y actuada desde los EE.UU. e Israel. Estaban preparando un ataque coordinado a Teherán (a 10.200 km. de Washington y a casi 2.000 km. de Tel Aviv) mientras en Ginebra, en ese mismísimo tiempo, hasta se abrigaba la idea de estar cerca de un entendimiento, finalmente. Y los aliados en el bombardeo conjunto EE.UU.-Israel (distante entre ellos casi 9.500 km.) antes de cumplirse el plazo de 10 días de Trump (vencía el 1° de marzo) preparaban su ataque mientras los engañados líderes de distintos países, y hasta de la OIEA, estaban compenetrados de una misión: un acuerdo de paz. Fueron traicionados, despreciados, marginados.
En el gatillo…
Se concluía que Trump y Netanyahu ya estaban con el dedo en sus respectivos gatillos para asesinar iraníes y destruir todo a su paso. Deleznable, desde todo punto de vista. Aun el de la estrategia bélica que pudiera aconsejar tomar medidas precautorias frente a la hipótesis de máxima.
Es que, ya no nos sorprende, Trump actúa por impulsos y no disimula que tiene más poder que ningún otro sobre la Tierra. Sin querer compartirlo. Hace y deshace sus planes y así como manipula la cuestión arancelaria como si fuera dinamita para sus relaciones con otros países. No trepida en subir y bajarlos al unísono con su antipatía o simpatía. Claro es que si todo fuese la “metralla arancelaria” cuando utiliza la otra metralla, la que asesina y destruye, el mundo no estaría tan temeroso de la expansión sin fronteras de la guerra. Con tanto desparpajo calculado, cada vez que Trump se asoma a un asunto que lo involucra como presidente no trepida nada en pronunciarse como dueño del poder. Dueño del destino de su país, esa empresa “un poco más grande e importante” que la suma de las suyas. Y, si existe en su diccionario usual la palabra soberanía, esta tiene dos significados que se contraponen face to face. Una es la de “My USA” y otra es la que pretenden los otros, los demás, los de “afuera”. Sólo pueden declamarla (Venezuela).
Pretender que el presidente de los EE.UU. emplee la diplomacia y que, esta sea además creativa, es como pedirle trato amable con su oponente a un boxeador de los de máximo peso.
Diploengaño
La actuación principalísima de Trump y su aliado-protegido-asesor Netanyahu, destruyendo con bombardeos en Irán, y violando su soberanía, configura un crimen de agresión. Notoriamente. Y la estrategia de haber engañado a los actores empeñados en diálogos y acuerdos en Ginebra configura una abyecta diplomacia. La del engaño brutal. Asombra que los involucrados como sus destinatarios no se hayan pronunciado en masa, hasta ahora. Casi como consintiendo con el silencio (o el temor a represalias) que ese recurso, los bombardeos, era de empleo “legítimo”. La historia juzgará a los socios bombardeadores como lo que son: criminales de guerra. ¿Y la ONU? Ausente, con aviso, desde hace tiempo.